La vida es, en definitiva, una suma de momentos. Desde que nacemos y hasta el final de nuestra existencia, esos momentos se van alternando entre malos y buenos.
La mayoría de nosotros, desde muy pequeños conoce el disfrute del abrazo de nuestros padres y el dolor causado por el hambre o alguna enfermedad.
Mas tarde la felicidad suele pasar por los juegos con los amigos y los momentos difíciles por esos golpes que nos damos, tan necesarios para conocer los límites de lo que podemos hacer o no con nuestro cuerpo.
La infancia nos abandona y la adolescencia nos encuentra con disconformismos, males de amores y dudas existenciales, pero nos complace con una mirada del chico o la chica que nos gusta, con nuestro primer beso, o una buena nota en el colegio y hasta con algún regalo a veces muy esperado y otras, impensado.
Con la misma rapidez e imprevisibilidad que llega, la adolescencia nos deposita en el mundo de los adultos. Trabajar, estudiar, tener mayores responsabilidades suelen ser piedras que no nos facilitan el camino, pero cuando las cosas se nos están poniendo difíciles, el amor nos salva de todo, nos da otro impulso, nos hace volver a creer y nos ayuda a ser.
Entonces, en algunos casos, los mas afortunados por cierto, nos topamos con algo nuevo. Algo inesperado. Tenemos un hijo y nuestra vida da un vuelco, se produce un cambio para el que difícilmente estamos preparados. Dejamos de pensar en nosotros y comenzamos a hacerlo en función de esa nueva vida.
Llega para algunos el momento de los replanteos, de las decisiones importantes. Seguir persiguiendo sueños, continuar caminando utopías, o entregar diariamente parte de nuestra vida a un trabajo que solo nos deja dinero, pero que nos ofrece algo mas de seguridad respecto del futuro que ahora ha empezado a preocuparnos.
El sistema económico en el que vivimos no nos permite en general lograr ambas cosas simultáneamente. Pocos pagan por perseguir sueños, y caminar utopías tampoco suele ser una tarea lucrativa.
Existen, claro, unos pocos afortunados que logran hacerlo, pero lamentablemente esa no es la mayoría.
El punto es imaginar una charla cuando nuestro/a hijo/a tenga 25 ó 30 años. ¿Recordará la marca de las zapatillas que le compramos a los 6 años o el tamaño del apartamento en el que vivimos? ¿Recordará que no pudimos comprarle aquel juguete que tanto quería? ¿Se sentirá orgulloso de que por él hayamos relegado nuestros sueños y entregado parte de nuestra vida? O será mas importante para él saber que dedicamos nuestro tiempo a construir un futuro para la humanidad, sin egoísmos. Entender que hicimos nuestro aporte, que pusimos nuestro mayor esfuerzo para hacer del mundo en el que vive, un lugar mas justo, mas solidario, un lugar mejor.
Las decisiones son personales y están afectadas por infinitos factores. Pero una cosa es segura, los cambios que desesperadamente necesita el planeta para seguir vivo, para que cuando se efectúe esa charla, siga habiendo agua para beber y aire para respirar, solamente serán posibles si decidimos seguir caminando esas utopías.